14 de enero de 2014

Teorema de aceptación de conclusiones


Todo lo que somos y lo que podemos hacer ocurre en un lapso de tiempo concreto al que llamamos vida; esa horquilla temporal está delimitada por lo que denominamos nacimiento y muerte, por lo que ésta última es parte implícita de la propia vida (omito el nacimiento puesto que, siendo origen, sin él desaparece el concepto “vida”); ergo si la vida es todo y sabemos que acaba, todo lo que acontece es susceptible de terminar en cualquier momento.

Corolario: la conclusión de un acto emprendido no coincide necesariamente con el fin del concepto "vida" y no se puede predeterminar.


Jandro güell.

3 de enero de 2014

A mi madre


Madre es auxilio. Madre es una nana. Madre, nenuco y polvos de talco. Madre, una cocina que respira calor y aroma a pimienta y canela. ¡No hay paella como la de mi madre! Madre educa con el ejemplo. Madre en invierno y en verano. Madre, sábanas de franela. Madre es manos curtidas y dolor en el lumbago. Madre es lucha y también cansancio. Madre, arrugas bonitas. Madre es gritos desde la ventana; azote en el culo; jarabe para la gripe; una hucha para romper mañana. Madre es madrugada, noche velada, despertador para el colegio. Madre, soledad en la cama. Madre no pide nada a cambio. Madre no mira nunca atrás y siempre vive en el pasado. Madre es cumpleaños, reina maga y cumpleaños. Madre, mamá, mujer, madre.


Jandro Güell.

19 de diciembre de 2013

Y no se ve el horizonte


Vivir no es más que mantenerse a flote en un mar. Enorme masa de agua que a ratos está en calma, a veces enfurecida; que desde donde estás parece infinita porque todo es azul y no se ve el horizonte. Nadar, no sumergirse, flotar solamente; pelear con brazos y piernas, avanzando en cualquier dirección o dejándote llevar por la marea. Y aunque casi nunca lo piensas eres plenamente consciente del eterno abismo que te rodea. Chapotear, respirar, aletear, resistir, teniendo la certeza de que tarde o temprano, cuando te agotes o te rindas, acabarás hundiéndote en lo más oscuro y profundo. Notarás en el suave descenso que la materia cambia, que el tiempo desaparece y todo es como más lento, que el cielo ya no es cielo, que ahora es una lámina de cristal prensado de donde cuelgan ribetes de luz, como finos visillos movidos por lo que ya no es viento.

Desapareces sin  dejar evidencia de haber estado, de haber sido. Ni el mas mínimo rastro. Un mar que es muerte y la vida todo lo que haces para no entregarte.


Jandro Güell.

3 de diciembre de 2013

No poesía para no iniciados


Llegué tarde a casa 
y encontré a mi cupido 
en el escalón de mi portal 
borracho perdido. 
No es un cupido convencional, 
en lugar de alas 
porta en la espalda 
dos crestas moradas, 
en los ojos lo que pudieran ser ojeras 
o rímel desteñido de plañidera, 
una chusta entre índice y anular
y entre bota y bota desabrochada 
un charco de pota sin clasificar.

Jandro Güell.

4 de noviembre de 2013

Diez minutos y un beso


En la última hora de su vida el sentenciado a muerte pidió, como último deseo, la visita de una diva de rostro y nombre común en dominicales y marquesinas de bulevares, de belleza para él inigualable. Aunque la exigencia resultara extravagante se reducía a que le concediera diez minutos y un beso. Ante la sorpresa del alguacil, este preguntó –Puedo entender el beso pero,¿por qué diez minutos?- El preso le contestó serenamente y casi susurrando, como hacen las personas que pasan mas tiempo en silencio que conversando, -si en ese tiempo no soy capaz de convencerla y conseguir la segunda petición es que no soy digno de ese beso-.


Jandro Güell.

Un día cualquiera


Te conocí en una playa. No sé si era Lunes, Martes, Jueves o Domingo. Un día de esos que pasó sin importancia para los demás. Un día cualquiera.

Lucía el sol de las once de la mañana; un sol de otoño que doraba el agua de la orilla en contraste con el azul añil tras el rebalaje, el verdor de las cañas, la colina asomándose al Norte con la única nube blanca de peineta. Todo en esa playa era sintonía. Desde que conocí aquel lugar puedo decir que el paraíso tiene costa.

Yo tenía 23, a ti te calculé 19. Nunca olvidaré aquella niña despeinada, hundiendo los pies en la arena, con los ojos cerrados y la media sonrisa regalada al mundo. Parecías casi recién levantada, quizá por el camisón que te vestía, movido por la marinera brisa, ondeando como el visillo de una ventana entreabierta. La criatura más bonita que había visto en mi vida.

Olvidé tu nombre, tu sonido, tu olor. Solo recuerdo que te conocí en una playa, un día cualquiera.


Jandro Güell.

1 de noviembre de 2013

A lágrima viva

Con la pena sucede lo mismo que con la alegría. Cuando alguien llora o ríe a lágrima viva, sintiéndolo de verdad, te lo puede contagiar.

Jamdro Güell.