20 de junio de 2012

No tocar...


Aquel hombre de chaqueta oscura iba pensando que algunas veces no distinguía si era una persona complicada , o simplemente imbécil. Cuando entró en el domicilio le sorprendió el estado de perfecto orden que imperaba en cada una de las habitaciones. Todo estaba impoluto y ordenado, cada mueble, fotografía o cojín estaban colocados como notas musicales de una partitura, creando una composición luminosa y fresca. Sin embargo toda aquella armonía carecía de temperamento, de personalidad, como si se hubiese pensado para no ser habitada. Muerta.

En el centro del salón, en una mesita auxiliar adornada con un halo de luz, tímido y delgado pero brillante, dormían dos objetos: una nota en la que leyó:

Dejo en esta caja lo que ya no necesito. Lo he llevado conmigo toda la vida, no es grande ni muy fuerte pero ha luchado con dragones y navegado en tormentas siendo sólo un cascarón de nuez. Lo he compartido muchas veces en mayor o menor medida, sólo una lo entregué por entero, y a la persona adecuada. Supe a qué sabe el sentirte completo. Conseguí aquello tan difícil que todos anhelamos y lo dejé pasar. Si errar es humano fui todo lo humano que puedo pretender. Era suyo por derecho, por lo que ahora no se lo puedo entregar a nadie, era suyo antes incluso de que empezara a ponerme nervioso su compañía, y ahora que ella no lo quiere a mí me sobra. Es como cuando haces un regalo perfecto y te lo devuelven porque ya tienen algo parecido, ya no sabes donde colocarlo. Ahora me miento con la posibilidad de ejercer de nuevo como "humano" y tropezar con la misma piedra, mientras tanto quedo vacío casi por voluntad propia. Dejo en esta mesa lo mejor de mí mismo, cuídalo. Quien quiera que seas.

 El otro objeto: una cajita no demasiado pequeña, de color verde claro, como la carne de un aguacate. Sobre la tapa de la caja rezaba una frase que advertía “no tocar, que duele”. No se atrevió a abrirla.


Jandro Güell.

18 de mayo de 2012

Arañando el parquet



Somos creadores de Arte. Considero esta capacidad una de las más importantes del ser Humano y que nos salva de ser… otra cosa. Hay quien dice que es la prueba evidente de la existencia de nuestra propia alma; lo que me hace pensar, en esta línea, que las personas a las que se les ha negado el don de crear o apreciar el arte, en cualquiera de sus formas, se les podría tachar de Desalmados, o mejor dicho “Inalmados”, ya que el primer término implica haberla tenido en algún momento. Tampoco me importa porque no lo comparto.

En todo caso, lo que me ha arrojado en esta hora al teclado ha sido una idea que germinó en mi cabeza a raíz de una película. Concretamente, la secuencia hacía que el espectador se convirtiera, por un momento, en espía de lujo de unos pies enfundados en negros zapatos de negro tacón, con los que una mujer dibujaba, en el parquet de una habitación casi vacía, un baile que, de tan íntimo, ejercía sola.

El baile, una de las expresiones artísticas que más me conmueven. Y concretamente los que se practican en pareja. Es una conversación. Y sin duda, de éstos, el que ahora me coloca las manos en los ojos, susurrándome al oído “¿Quién soy?”, se ha delatado, pues huele a mate y a rosa sin espinas sujetada por una boca bermellón. El tango.

Movimientos que son latigazos de carácter, ramalazos de vida; que es tierno y agresivo; que hacen a la mujer femenina y al hombre varón. La antigua batalla convertida en dialéctica, eterna guerra entre los géneros con el amor de frontera y el fondo pintado de pasión oscura. Una historia contada en pocos minutos. Movimientos plásticos, en ocasiones acrobáticos. Brazos que se sujetan, piernas que se enredan, caderas que se retuercen, cabezas que se giran, te giran; y todo realizado al unísono de forma acompasada, transformando la música en gesto, la violencia en cadencia.

Creo que sería incapaz de bailarlo. No pienso que se limite al aprendizaje de una coreografía seca de sentimiento. Hay que ponerle Alma. Y la mía me mira desde la puerta mientras dibuja con la mano en el aire una despedida.


Jandro Güell.

9 de mayo de 2012

A mi Hogar


Es curioso, la percepción de las cosas que son necesarias cambia en función del momento de tu vida en el que te encuentres. Creo que me comprendes, pero si me dedicas unos minutos me gustaría explicártelo mejor. Mmm, ¿Cómo hacerlo? Espera, con un ejemplo. Verás:

Viajo en autobús urbano, sentado en asiento individual para no compartir el paisaje, enmudecido por la música de aquella película que me prestaste, esa que recuerdo como nuestro primer vínculo, y que ahora suena en mis auriculares. Cierro los ojos. El piano que tiembla en mi oído hace surgir ante mí una estación de color sepia, un tren de aquellos de vapor, una figura masculina borrosa, desenfocada, como los recuerdos, descolgada de uno de los vagones, que observa inmóvil la estampa de una mujer que se despide en silencio mientras sus ojos gritan, suplicando que no se vaya, o que si lo hace, la lleve con él. Justo después, el instrumento de cuerda dibuja una ventana turbia por el vaho. Al otro lado la mujer corre por el andén intentando tocar con su mano lo único que está ya a su alcance, el hombre le devuelve el gesto para compensar lo que no hizo cuando la tuvo delante. Las palmas se tocan, el cristal frío de la ventana los separa, pero se tocan. ¿Te acuerdas? Abro los ojos. Me faltan tres paradas, algunas horas de sueño y saldo en el móvil. Vuelvo a cerrarlos y apareces Tú.

Ando por la calle, en mi mano derecha una bolsa con algo de comida, un bote de champú y papel higiénico; en la izquierda Tú. Me paro en un escaparate pequeño. Es una librería. Cuatro hileras de libros; la primera de portadas sobrias, supongo que es el apartado divulgativo, las dos del medio son narrativa alternada con algún ensayo, la última ilustraciones. Entre hoja y hoja apareces Tú. Saltas de balda a balda y me comentas diseños y argumento; tus gustos y críticas. Me enseñas a mirar.

Habitación con tres maletas, dos cajones en la mesita y una taza de café en el suelo que parecen marcarme una cuenta atrás, la que descuenta los minutos que me llevan de la mano hasta la orilla de tu cama. Ese destino que anhela este naufrago que perdió pié cuando la mar estaba más serena. Ahora me ahogaría en tus sabanas abrazado al lastre de tus piernas.

¡Eh! No dije que te lo pondría fácil. Ya te habrás dado cuenta, pero sigo.

Últimamente tengo pocas cosas conmigo. Esto se debe a que, en un momento no muy lejano de mi vida, me acostumbré a tener lo necesario; y, hace tiempo, lo necesario se redujo a lo máximo que puedo cargar cada vez que tengo que cambiar de vida, espacio, casa. Sí, digo casa, puesto que no permanezco el tiempo suficiente en ningún lugar para convertirlo en mi hogar. Sin embargo, una mañana me sentí un necio cuando me asomé al espejo. Ese día descubrí que nada de lo que poseo es realmente valioso. Nada de lo que me rodea me define. Comprendí que me equivocaba, y fue al abrir los ojos esa mañana y verte dormir a la vera mía. No describiré cómo era tu cara, cómo entraba la luz por la ventana o a qué olía la almohada. Nada de eso. Pero lo que sentí no se asemeja a otra emoción conocida.

Me di cuenta de que no se trata de dónde esté ni lo que tenga, supe que cuando el poeta nombra el Hogar no habla de edificios ni de tierra, habla de ti. ¿Cómo iba a imaginar que mi Hogar sería una muchacha de camiseta a rayas y falda con bolsillos, pelo rebelde, sonrisa perenne y en los brazos “corgameles”?. Llegada de la tierra bautizada con tres nombres, ciudad tan antigua como el hombre, donde hasta los amantes no entienden de razas ni atienden a razones, y con su amor se adueñaron del paisaje. La mujer que me hace a mí ser hombre y cuyo vientre, que será fruto de vida, deseo que sea mi lecho de muerte.


Tuve que andar mucho para diferenciar lo necesario. Ahora no me da miedo donde acabe, sólo necesito que Tú estés cerca.


Jandro Güell.

28 de abril de 2012

Propósitos


Soy una madeja, enrevesada, difícil, compacta y aún así  creada a partir de un hilo fino, suave y simple, sacado de la materia más pura que habita en la Naturaleza. Filamento que se deslizaba en su origen con movimiento sinuoso y alterno, como buscando un camino y siendo a su vez ese camino que, sin pretenderlo, se fue anudando en sí mismo.


Camino de meandros, codos y recovecos; de direcciones que perdieron el sentido. Obligado por circunstancias que actuaron como sendero invisible e intangible, que me movían con fuerza gravitatoria, mayúscula, de esas que aceptas al no poder comprender ni explicar; de las que terminan retorciéndote entre placeres y dolores, con los vaivenes pendulares y elípticos de lo indomable, de lo no predecible, de casi todo.

Todo el tiempo empleado concluyó en este resultado. No me mires así, no tengo toda la culpa, aún así acepto la crítica. Si te atreves a juzgar seré valiente para escucharte. Aunque no es definitivo, pues una persona no es sólo las decisiones que ha tomado, sino lo que le queda por hacer.


Jandro Güell.

7 de abril de 2012

Siempre quise que me quisieran


Siempre quise que me quisieran. Como todo el mundo, ya lo sé. Con lo que no contaba era que ese cariño se me presentase de la forma más extraña, tan de repente.

Nunca pensé bien en el origen de los sentimientos, sólo me centraba egoístamente en la cantidad, o mejor dicho, en la calidad de ese amor, pues yo lo quería incluso antes de que llegase a mis días. Me rendí, cuando ya casi pensaba que no era posible recibir; me lo entregaron incondicionalmente, sin reservas, de forma que parecía que su propia razón de existir estaba concebida para serme regalada.

No fue fácil en un principio, debo aceptarlo, pero puedo asegurar que desde el primer momento me convertí en alguien único en su vida. Tuvimos que acostumbrarnos el uno al otro, a nuestras manías y costumbres, que siendo dos cosas distintas tendemos a confundirlas. Nos educamos en nuestra nueva realidad juntos. Ya no fuimos más dos seres independientes pero tampoco dependientes del otro, simplemente aprendimos a tenernos en cuenta. En definitiva, la relación crecía compartiendo cama, comida, juegos matutinos y paseos nocturnos.

Estaba, siempre estaba, cuando me encontraba bien y cuando a penas le miraba, en mis momentos grises y en las noches blancas. Me observaba, siempre me observaba, cuando leía, cuando rezaba, cuando dormía, cuando bostezaba, en mi alegría, con compañía y cuando a solas lloraba. Me desesperaba, a veces me desesperaba, a veces me defendía y otras me asustaba, me perseguía o me esperaba. Siempre me esperaba, cada vez, cuando me iba, me consta que únicamente pensaba en que regresaría. Y cada vez, cuando llegaba a casa, sus “bracitos” me arrojaba.

No sé que más decirte, quizá que soy una afortunada. Disfruto de la compañía de una criatura que piensa que soy la persona más importante en la Tierra, que me señala como receptora de todo lo que su vida otorga, y lo mejor es que a cambio no pide nada. Algunos dirán que es porque los perros no hablan, mas estoy segura de que mi Mofli, si hablara, con su voz ronca a más de uno callaría.




Nota:
He comenzado este relato varias veces, desechándolo casi de inmediato por no reflejar lo que realmente pretendía, y ahora sé que fue por mi empeño en querer describirte cuando desde un principio no debí centrarme en el cómo, sino en qué eres para mí y lo que siento cada vez que llego a casa.


Jandro Güell.

21 de marzo de 2012

Vaso de cristal turbio


Hoy es un día de esos en los que no sé qué hacer con mi vida. Me levanto, tarde, recuerdo que anoche pensé en madrugar pero se ve que los propósitos nocturnos poco tienen que ver con lo ánimos matutinos, casi vespertinos. Tampoco es la primera vez que me pasa.


Pisando ropa trasnochada, cajas de pizza y retales de mi capítulo anterior llego al baño. No tengo valor para mirarme en el espejo, no quiero conocerme hoy. Ducha reparadora de neuronas, tropiezo con el bidé al salir de la bañera, me quejo y maldigo mientras me cepillo los dientes. Tengo que comprar pasta de tres colorines.

Dudo si tomarme un café, tres galletas, un cruasán, unas tostadas o un filete con patatas dado que es casi la una de la tarde. Creo que el café no me lo quita nadie.
¡Fantástico! ¿Y ahora qué? Considero las opciones. Tengo por delante un montón de horas carentes de responsabilidades lo cual hace más difícil tomar una decisión. Un paseo por la ciudad, no sé dónde ni para qué; quedar con alguien, poco probable, todo el mundo tiene quehaceres, trabajos o exámenes; ir al cine, nunca me gustó ir solo y tampoco tengo demasiado dinero. Ardua tarea tomar una puñetera decisión.

Salgo a la calle por impulso, a ver si cambiando de escenario se me despeja la niebla mental. Inútil. Veo gente andando para todos lados, alguno casi corriendo, los menos corriendo literalmente, incluso parece que hayan salido huyendo de un catálogo de Decathlon. Me divierto con esa idea, a veces llego a ser muy absurdo.

Divagando no me he dado cuenta de que empecé a andar sin rumbo y, de golpe y porrazo, sin recordar claramente haber hecho el trayecto me encuentro delante de su casa. Es curioso, ¿he llegado aquí a propósito o por pura inercia? Lo que tengo claro es que me apetece mucho verla pero no pienso tocar en su puerta. ¡Puto orgullo! Sin embargo mis pies no son capaces de dar un paso en otra dirección, en alguna dirección. Ni siquiera soy capaz de dejar de mirar esa ventana con esta cara de imbécil.

¡La echo tanto de menos! Sueño con volver a compartir mis días con ella, navego entre instantes que medio recuerdo y que medio invento. Ninguno de ellos es malo, eso suele pasar, ¿para qué vamos a recordarlos? No sirve de mucho vivir en el rencor. Cosa distinta es retomar una historia después de lo que pasó pensando que volverá a ser lo que era, aún haciendo un esfuerzo espantoso nunca volverán aquellas oscuras golondrinas porque ninguno de los dos volveremos a ser los mismos. Además ella ya tomó su decisión. Concluyó que algo quedaba pendiente con él, que en ese vaso todavía quedaba algún poso que apurar y, por otra parte, el vaso también añoraba de alguna forma su boca. Vaso de cristal fino, elegante y vanidoso, lleno de suciedad y turbio por el desgaste (ha hablado mi frustración). Francamente, y como le hice saber a Marta, se equivocaba no optando por mí. No es que me considere alguien especial, tampoco tengo mucho que ofrecer, ni siquiera se me podría considerar un “buen partido”; lo que sí creo es que la habría hecho feliz. Patético, que le mienta a los demás vale, lo que no puedo consentir es mentirme a mi mismo, sería una falta de respeto, lo único que puedo saber es que soy yo quien sería feliz con ella y no se le puede negar a nadie que busque su felicidad, o que lo intente, aunque se equivoque. Tiene todo el derecho a equivocarse. Ni siquiera debería atreverme a juzgarla.

¡Mierda, que se asoma!



Jandro Güell.