Resérvate un pensamiento
feliz para cuando te acuestes a dormir.
26 de junio de 2012
20 de junio de 2012
No tocar...
Aquel hombre de chaqueta
oscura iba pensando que algunas veces no distinguía si era una persona
complicada , o simplemente imbécil. Cuando entró en el domicilio le sorprendió
el estado de perfecto orden que imperaba en cada una de las habitaciones. Todo
estaba impoluto y ordenado, cada mueble, fotografía o cojín estaban colocados
como notas musicales de una partitura, creando una composición luminosa y
fresca. Sin embargo toda aquella armonía carecía de temperamento, de
personalidad, como si se hubiese pensado para no ser habitada. Muerta.
En el centro del salón, en
una mesita auxiliar adornada con un halo de luz, tímido y delgado pero
brillante, dormían dos objetos: una nota en la que leyó:
Dejo en esta caja lo que
ya no necesito. Lo he llevado conmigo toda la vida, no es grande ni muy fuerte
pero ha luchado con dragones y navegado en tormentas siendo sólo un cascarón de
nuez. Lo he compartido muchas veces en mayor o menor medida, sólo una lo
entregué por entero, y a la persona adecuada. Supe a qué sabe el sentirte
completo. Conseguí aquello tan difícil que todos anhelamos y lo dejé pasar. Si
errar es humano fui todo lo humano que puedo pretender. Era suyo por derecho,
por lo que ahora no se lo puedo entregar a nadie, era suyo antes incluso de que
empezara a ponerme nervioso su compañía, y ahora que ella no lo quiere a mí me
sobra. Es como cuando haces un regalo perfecto y te lo devuelven porque ya
tienen algo parecido, ya no sabes donde colocarlo. Ahora me miento con la
posibilidad de ejercer de nuevo como "humano" y tropezar con la misma
piedra, mientras tanto quedo vacío casi por voluntad propia. Dejo en esta mesa
lo mejor de mí mismo, cuídalo. Quien quiera que seas.
El otro objeto: una
cajita no demasiado pequeña, de color verde claro, como la carne de un
aguacate. Sobre la tapa de la caja rezaba una frase que advertía “no tocar, que
duele”. No se atrevió a abrirla.
Jandro Güell.
18 de mayo de 2012
Arañando el parquet
Somos creadores de Arte.
Considero esta capacidad una de las más importantes del ser Humano y que nos
salva de ser… otra cosa. Hay quien dice que es la prueba evidente de la
existencia de nuestra propia alma; lo que me hace pensar, en esta línea, que las
personas a las que se les ha negado el don de crear o apreciar el arte, en
cualquiera de sus formas, se les podría tachar de Desalmados, o mejor dicho
“Inalmados”, ya que el primer término implica haberla tenido en algún momento.
Tampoco me importa porque no lo comparto.
En todo caso, lo que me ha
arrojado en esta hora al teclado ha sido una idea que germinó en mi cabeza a
raíz de una película. Concretamente, la secuencia hacía que el espectador se
convirtiera, por un momento, en espía de lujo de unos pies enfundados en negros
zapatos de negro tacón, con los que una mujer dibujaba, en el parquet de una
habitación casi vacía, un baile que, de tan íntimo, ejercía sola.
El baile, una de las
expresiones artísticas que más me conmueven. Y concretamente los que se
practican en pareja. Es una conversación. Y sin duda, de éstos, el que ahora me
coloca las manos en los ojos, susurrándome al oído “¿Quién soy?”, se ha
delatado, pues huele a mate y a rosa sin espinas sujetada por una boca
bermellón. El tango.
Movimientos que son
latigazos de carácter, ramalazos de vida; que es tierno y agresivo; que hacen a
la mujer femenina y al hombre varón. La antigua batalla convertida en
dialéctica, eterna guerra entre los géneros con el amor de frontera y el fondo
pintado de pasión oscura. Una historia contada en pocos minutos. Movimientos
plásticos, en ocasiones acrobáticos. Brazos que se sujetan, piernas que se
enredan, caderas que se retuercen, cabezas que se giran, te giran; y todo
realizado al unísono de forma acompasada, transformando la música en gesto, la
violencia en cadencia.
Creo que sería incapaz de
bailarlo. No pienso que se limite al aprendizaje de una coreografía seca de
sentimiento. Hay que ponerle Alma. Y la mía me mira desde la puerta mientras
dibuja con la mano en el aire una despedida.
Jandro Güell.
9 de mayo de 2012
A mi Hogar
Es curioso, la percepción
de las cosas que son necesarias cambia en función del momento de tu vida en el
que te encuentres. Creo que me comprendes, pero si me dedicas unos minutos me
gustaría explicártelo mejor. Mmm, ¿Cómo hacerlo? Espera, con un ejemplo. Verás:
Viajo en autobús urbano,
sentado en asiento individual para no compartir el paisaje, enmudecido por la
música de aquella película que me prestaste, esa que recuerdo como nuestro
primer vínculo, y que ahora suena en mis auriculares. Cierro los ojos. El piano
que tiembla en mi oído hace surgir ante mí una estación de color sepia, un tren
de aquellos de vapor, una figura masculina borrosa, desenfocada, como los
recuerdos, descolgada de uno de los vagones, que observa inmóvil la estampa de
una mujer que se despide en silencio mientras sus ojos gritan, suplicando que
no se vaya, o que si lo hace, la lleve con él. Justo después, el instrumento de
cuerda dibuja una ventana turbia por el vaho. Al otro lado la mujer corre por
el andén intentando tocar con su mano lo único que está ya a su alcance, el
hombre le devuelve el gesto para compensar lo que no hizo cuando la tuvo
delante. Las palmas se tocan, el cristal frío de la ventana los separa, pero se
tocan. ¿Te acuerdas? Abro los ojos. Me faltan tres paradas, algunas horas de
sueño y saldo en el móvil. Vuelvo a cerrarlos y apareces Tú.
Ando por la calle, en mi
mano derecha una bolsa con algo de comida, un bote de champú y papel higiénico;
en la izquierda Tú. Me paro en un escaparate pequeño. Es una librería. Cuatro
hileras de libros; la primera de portadas sobrias, supongo que es el apartado
divulgativo, las dos del medio son narrativa alternada con algún ensayo, la
última ilustraciones. Entre hoja y hoja apareces Tú. Saltas de balda a balda y
me comentas diseños y argumento; tus gustos y críticas. Me enseñas a mirar.
Habitación con tres
maletas, dos cajones en la mesita y una taza de café en el suelo que parecen
marcarme una cuenta atrás, la que descuenta los minutos que me llevan de la
mano hasta la orilla de tu cama. Ese destino que anhela este naufrago que
perdió pié cuando la mar estaba más serena. Ahora me ahogaría en tus sabanas
abrazado al lastre de tus piernas.
¡Eh! No dije que te lo
pondría fácil. Ya te habrás dado cuenta, pero sigo.
Últimamente tengo pocas
cosas conmigo. Esto se debe a que, en un momento no muy lejano de mi vida, me
acostumbré a tener lo necesario; y, hace tiempo, lo necesario se redujo a lo máximo
que puedo cargar cada vez que tengo que cambiar de vida, espacio, casa. Sí,
digo casa, puesto que no permanezco el tiempo suficiente en ningún lugar para
convertirlo en mi hogar. Sin embargo, una mañana me sentí un necio cuando me
asomé al espejo. Ese día descubrí que nada de lo que poseo es realmente
valioso. Nada de lo que me rodea me define. Comprendí que me equivocaba, y fue
al abrir los ojos esa mañana y verte dormir a la vera mía. No describiré cómo
era tu cara, cómo entraba la luz por la ventana o a qué olía la almohada. Nada
de eso. Pero lo que sentí no se asemeja a otra emoción conocida.
Me di cuenta de que no se
trata de dónde esté ni lo que tenga, supe que cuando el poeta nombra el Hogar
no habla de edificios ni de tierra, habla de ti. ¿Cómo iba a imaginar que mi
Hogar sería una muchacha de camiseta a rayas y falda con bolsillos, pelo
rebelde, sonrisa perenne y en los brazos “corgameles”?. Llegada de la tierra
bautizada con tres nombres, ciudad tan antigua como el hombre, donde hasta los
amantes no entienden de razas ni atienden a razones, y con su amor se adueñaron
del paisaje. La mujer que me hace a mí ser hombre y cuyo vientre, que será
fruto de vida, deseo que sea mi lecho de muerte.
Tuve que andar mucho para
diferenciar lo necesario. Ahora no me da miedo donde acabe, sólo necesito que
Tú estés cerca.
Jandro Güell.
28 de abril de 2012
Propósitos
Soy una madeja,
enrevesada, difícil, compacta y aún así creada a partir de un hilo fino,
suave y simple, sacado de la materia más pura que habita en la Naturaleza.
Filamento que se deslizaba en su origen con movimiento sinuoso y alterno, como
buscando un camino y siendo a su vez ese camino que, sin pretenderlo, se fue
anudando en sí mismo.
Camino de meandros, codos
y recovecos; de direcciones que perdieron el sentido. Obligado por
circunstancias que actuaron como sendero invisible e intangible, que me movían
con fuerza gravitatoria, mayúscula, de esas que aceptas al no poder comprender
ni explicar; de las que terminan retorciéndote entre placeres y dolores, con
los vaivenes pendulares y elípticos de lo indomable, de lo no predecible, de
casi todo.
Todo el tiempo empleado
concluyó en este resultado. No me mires así, no tengo toda la culpa, aún así
acepto la crítica. Si te atreves a juzgar seré valiente para escucharte. Aunque
no es definitivo, pues una persona no es sólo las decisiones que ha tomado,
sino lo que le queda por hacer.
Jandro Güell.
Jandro Güell.
7 de abril de 2012
Siempre quise que me quisieran
Siempre quise que me
quisieran. Como todo el mundo, ya lo sé. Con lo que no contaba era que ese
cariño se me presentase de la forma más extraña, tan de repente.
Nunca pensé bien en el
origen de los sentimientos, sólo me centraba egoístamente en la cantidad, o
mejor dicho, en la calidad de ese amor, pues yo lo quería incluso antes de que
llegase a mis días. Me rendí, cuando ya casi pensaba que no era posible
recibir; me lo entregaron incondicionalmente, sin reservas, de forma que
parecía que su propia razón de existir estaba concebida para serme regalada.
No fue fácil en un
principio, debo aceptarlo, pero puedo asegurar que desde el primer momento me
convertí en alguien único en su vida. Tuvimos que acostumbrarnos el uno al
otro, a nuestras manías y costumbres, que siendo dos cosas distintas tendemos a
confundirlas. Nos educamos en nuestra nueva realidad juntos. Ya no fuimos más
dos seres independientes pero tampoco dependientes del otro, simplemente
aprendimos a tenernos en cuenta. En definitiva, la relación crecía compartiendo
cama, comida, juegos matutinos y paseos nocturnos.
Estaba, siempre estaba,
cuando me encontraba bien y cuando a penas le miraba, en mis momentos grises y
en las noches blancas. Me observaba, siempre me observaba, cuando leía, cuando
rezaba, cuando dormía, cuando bostezaba, en mi alegría, con compañía y cuando a
solas lloraba. Me desesperaba, a veces me desesperaba, a veces me defendía y
otras me asustaba, me perseguía o me esperaba. Siempre me esperaba, cada vez,
cuando me iba, me consta que únicamente pensaba en que regresaría. Y cada vez,
cuando llegaba a casa, sus “bracitos” me arrojaba.
No sé que más decirte,
quizá que soy una afortunada. Disfruto de la compañía de una criatura que
piensa que soy la persona más importante en la Tierra, que me señala como
receptora de todo lo que su vida otorga, y lo mejor es que a cambio no pide
nada. Algunos dirán que es porque los perros no hablan, mas estoy segura de que
mi Mofli, si hablara, con su voz ronca a más de uno callaría.
Nota:
He comenzado este relato
varias veces, desechándolo casi de inmediato por no reflejar lo que realmente
pretendía, y ahora sé que fue por mi empeño en querer describirte cuando desde
un principio no debí centrarme en el cómo, sino en qué eres para mí y lo que
siento cada vez que llego a casa.
Jandro Güell.
21 de marzo de 2012
Vaso de cristal turbio
Hoy es un día de esos en
los que no sé qué hacer con mi vida. Me levanto, tarde, recuerdo que anoche
pensé en madrugar pero se ve que los propósitos nocturnos poco tienen que ver
con lo ánimos matutinos, casi vespertinos. Tampoco es la primera vez que me
pasa.
Pisando ropa trasnochada,
cajas de pizza y retales de mi capítulo anterior llego al baño. No tengo valor
para mirarme en el espejo, no quiero conocerme hoy. Ducha reparadora de
neuronas, tropiezo con el bidé al salir de la bañera, me quejo y maldigo
mientras me cepillo los dientes. Tengo que comprar pasta de tres colorines.
Dudo si tomarme un café,
tres galletas, un cruasán, unas tostadas o un filete con patatas dado que es
casi la una de la tarde. Creo que el café no me lo quita nadie.
¡Fantástico! ¿Y ahora qué?
Considero las opciones. Tengo por delante un montón de horas carentes de
responsabilidades lo cual hace más difícil tomar una decisión. Un paseo por la
ciudad, no sé dónde ni para qué; quedar con alguien, poco probable, todo el
mundo tiene quehaceres, trabajos o exámenes; ir al cine, nunca me gustó ir solo
y tampoco tengo demasiado dinero. Ardua tarea tomar una puñetera decisión.
Salgo a la calle por
impulso, a ver si cambiando de escenario se me despeja la niebla mental. Inútil.
Veo gente andando para todos lados, alguno casi corriendo, los menos corriendo
literalmente, incluso parece que hayan salido huyendo de un catálogo de
Decathlon. Me divierto con esa idea, a veces llego a ser muy absurdo.
Divagando no me he dado
cuenta de que empecé a andar sin rumbo y, de golpe y porrazo, sin recordar
claramente haber hecho el trayecto me encuentro delante de su casa. Es curioso,
¿he llegado aquí a propósito o por pura inercia? Lo que tengo claro es que me
apetece mucho verla pero no pienso tocar en su puerta. ¡Puto orgullo! Sin
embargo mis pies no son capaces de dar un paso en otra dirección, en alguna
dirección. Ni siquiera soy capaz de dejar de mirar esa ventana con esta cara de
imbécil.
¡La echo tanto de menos!
Sueño con volver a compartir mis días con ella, navego entre instantes que
medio recuerdo y que medio invento. Ninguno de ellos es malo, eso suele pasar, ¿para
qué vamos a recordarlos? No sirve de mucho vivir en el rencor. Cosa distinta es
retomar una historia después de lo que pasó pensando que volverá a ser lo que
era, aún haciendo un esfuerzo espantoso nunca volverán aquellas oscuras
golondrinas porque ninguno de los dos volveremos a ser los mismos. Además ella
ya tomó su decisión. Concluyó que algo quedaba pendiente con él, que en ese
vaso todavía quedaba algún poso que apurar y, por otra parte, el vaso también añoraba
de alguna forma su boca. Vaso de cristal fino, elegante y vanidoso, lleno de
suciedad y turbio por el desgaste (ha hablado mi frustración). Francamente, y
como le hice saber a Marta, se equivocaba no optando por mí. No es que me
considere alguien especial, tampoco tengo mucho que ofrecer, ni siquiera se me
podría considerar un “buen partido”; lo que sí creo es que la habría hecho
feliz. Patético, que le mienta a los demás vale, lo que no puedo consentir es
mentirme a mi mismo, sería una falta de respeto, lo único que puedo saber es
que soy yo quien sería feliz con ella y no se le puede negar a nadie que busque
su felicidad, o que lo intente, aunque se equivoque. Tiene todo el derecho a
equivocarse. Ni siquiera debería atreverme a juzgarla.
Jandro Güell.
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