13 de noviembre de 2012

A metro y medio


A metro y medio de la cama, el postigo deja pasar el aire. Me entretengo mirando el respirar de la ventana; el visillo parece un pulmón, los sonidos de fuera la respiración y la luz que se cuela por las tablillas del postigo dibujan branquias en las paredes que ahora se me antojan como la piel de un reptil, más por el gotéele mohoso que por el color. Una gran pitón albina que me rodea y se estrecha procurando asfixiarme con su anillo desconchado. Será que está mudando su envoltorio caduco.



Vuelvo a la ventana. Un pajarillo que se posó en el alféizar le robó la atención a mi imaginación. Pienso en la razón que lo trajo a la frontera que separa mi realidad de la de los demás. No puedo encontrar ninguna. Le odio y le envidio. Le odio porque le envidio. Sin embargo eligió esta ventana de entre todas las de la ciudad, de las de este edificio; quizá por azar, puede que buscando algo, buscando devolverme la felicidad que dejé enterrada en su almohada aquella mañana, o tal vez, atraído por la sombra de los tres árboles que decoran los bidones de basura de este trozo de civilización. Antes de decidirme descubro que se ha marchado. Tarde o temprano todos se marchan, sólo permanezco yo, frustrado en la butaca de la indolencia. Todo lo demás gira a mi alrededor, formando el anillo de una serpiente blanca de hormigón que ha resuelto, al fin, darme un día más.

Jandro Güell.

3 de noviembre de 2012

Un amigo



No sé cuanto tiempo llevo frente a la pantalla de mi ordenador, frente a una pantalla en blanco, como el mar de leche de Saramago, como mi cabeza, que no está vacía pero que ahora no contiene nada.


Qué se le regala a una persona que es especial en mi vida desde hace muchos años. Ni me molesto en intentar recordar cuánto, juraría que fue ayer si no supiera que me conoce ya mejor que yo mismo, y aún así me corrige y mejora. Una persona a la que no necesito ver aunque siempre la eche de menos, a la que casi nunca llamo aunque sé que es de las pocas, muy pocas, con las que puedo conversar durante horas sin llegar a cansarme nunca. Me rebano los sesos intentando describirla sin llegar a acercarme lo más mínimo a definirla, cayendo torpemente una y otra vez en absurdos topicazos de aprendiz de poeta. Y aquí sigo, buceando en niebla londinense; ¿lo ves?, vuelvo a tropezar.

No soy, en comparación, quien más la quiere; sin embargo, dada mi capacidad, es mucho.

Suena mientras tanto una pieza de Chopin. Para ver si así se gira hacia mí la inspiración, que hace días me dio la espalda aunque sea yo quien se siente de cara a la pared, en un rincón de una habitación que no es la mía. Inútil. Quizá sea porque no me contento con describirla, ni falta que hace, eso es algo que cualquiera que la conoce sabría hacer mejor que yo. Es lo que pasa con las personas que, sin ser perfectas, son el ejemplo de lo que cada uno de nosotros desea llegar a ser algún día.

Cuál es el regalo perfecto cuando el que obsequia no tiene nada mejor que ofrecer que su propia compañía. Perdóname, qué torpeza. No sé cuanto tiempo llevo delante de una pantalla de ordenador que ya no es blanca, que está manchada de gotas negras que han caído de la punta de mis dedos; sin comprender que hoy ese regalo soy yo, y que en vez de compartirlo contigo me obceco en demorarlo.

Guardar cambios, cerrar el programa y levantarme de la silla. Tres gestos que convertiré en uno. Que se me van los minutos, casi se me acaba el día. Por suerte nos quedan más. Este regalo que ahora se impacienta terminaré de envolverlo e iré a dártelo durante todo el tiempo que nos quede. Lo que tengo, lo que soy, incondicionalmente.

Hasta ahora.                        Un amigo.

Jandro Güell.

26 de octubre de 2012

Conversaciones con mi perro



Me gusta hablar con mi perro. No me entiendas mal, sé que no comprende lo que le digo; pero tiene una capacidad de atención que pocas veces he advertido en otras especies, especialmente la humana. Lo que más me llama la atención es su forma de mirarme, fijamente, parpadeando poco, a veces alternando los ojos y cuando coincide con algún comentario ingenioso por mi parte, cosa que sucede con poca frecuencia, parece que me guiñara. Le hablo de todo y de nada aunque, por lo que se ve, le da a cualquier conversación la misma importancia. Creo que lo que él aprecia por encima de todo es que nos comuniquemos.

Jandro Güell.

25 de octubre de 2012

La cafeína



La camarera se acerca a la mesita con la amarilla lámpara de tulipa bermellón junto a la ventana, al final de la barra. La mesa es la correcta pero el orden de las tazas no. La pareja intercambian sus pedidos.


- Por lo que veo sigues tomando café.



- Sí. No, quiero decir que… Lo estoy rebajando.



- O sea, que tomas menos de cuatro al día, eso es un récord.



- No porque no me apetezca, más bien, compro café más barato, por lo que está más malo y por tanto bebo algo menos.

- Pero realmente no rebajas el consumo de café.



- Rebajo mis gastos. ¿Tú sigues con tus batidos?



- Ya sabes. Son manías.



- Hace tanto que no nos vemos que no sé cómo tratarte.



- Como siempre, soy la misma persona.



- Sí, yo también. Lo que digo es que ha pasado tiempo suficiente como para tratarte con distancia, casi como a un viejo amigo, pero no el suficiente como para utilizar mi torpe condescendencia o esa falsa amabilidad que usamos con los desconocidos.



- Y ¿Qué quieres que te diga? Yo estoy muy a gusto.



- No me mal-interpretes, me alegra mucho verte. Hace mucho que quería quedar contigo y, ahora que te tengo delante no sé qué contarte.



- Lo único que te pido es no hablar del pasado. No hagamos de este encuentro algo incómodo.



- No te negaré que me comían los nervios cuando hablamos por teléfono. Incluso ahora me siguen temblando los tobillos, aunque pienso que es más por la euforia que por inseguridad.



- O por la cafeína. (sonríe).



La conversación siguió con trivialidades que no se alejaban del relato de triunfos profesionales, algún escarceo amoroso sin relevancia y evitando profundizar en lo que ambos sentían en ese instante. La lluvia golpeaba los vidrios de la ventana y una figura enfundada en gabardina gris cruzaba el marco con dos hojas de periódico por sombrero.

Jandro Güell.

16 de octubre de 2012

Amaneceres



Un hombre se despierta a duras penas después de una mala noche en el incómodo asiento de atrás de un coche. Se despereza torpemente dentro de un saco de dormir y se queja desentumeciendo sus articulaciones que crujen al perder la forma fetal que el pequeño habitáculo le obligaba a adoptar.

Es fresca la mañana. En su oreja resuena la vibración del vuelo de un pequeño mosquito que, horas antes, no hizo otra cosa que acentuar el malestar  del paupérrimo sueño, haciéndole despertar varias veces y prolongando así el final de una noche que hubiese preferido más corta. Lo buscó con la mirada hasta verlo sujeto al cristal de la ventanilla trasera que quedaba detrás de su cabeza. Lo odió de inmediato al notar su vientre inflamado y enrojecido por su propia sangre, lo que le hizo acordarse del picazón soportado intermitentemente. Fue corta la digestión del insecto, ahora es una mancha en la palma del hombre.

Pasaron segundos, quizá minutos, sin duda afectado todavía por la falta de sueño, hasta que aquel hombre se descubrió mirando sin parpadeo alguno sus pies descalzos al otro lado de la improvisada cama, pero en vez de despabilar definitivamente siguió observando sus extremidades blanquecinas y huesudas mientras movía lentamente los deditos. Analizando formas, movimientos y detalles cayó en la cuenta de que nunca se miraba tan detenidamente su propio cuerpo; no obstante ya le había dedicado tiempo suficiente o eso pensó mientras los cubría con los calcetines de ayer y se calzaba.

Bajó del coche, terminó de recomponerse y comenzó a andar en busca de algún sitio para desayunar. Quizá la única comida que ese día tendría asegurada.

Jandro Güell.

15 de octubre de 2012

Creencias



- ¿Tú crees en dios?
- Pues, yo que sé, sí supongo, hice la comunión.
- ¿Qué clase de respuesta es esa? Ningún niño hace la comunión porque crea en dios, los obligan los padres, la educación, la tradición.
- ¡Eh, eh, que algunos sí que creen! Hasta se confirman y eso.
- Y tú me confirmas diariamente que eres tonto.
- Lo que está claro es que tú no crees en absoluto.
- ¿Y tú que sabes?
- Pues porque cuando nombras a Dios lo haces en minúsculas, no como nombre propio.
- Buen… Yo… es que… ¿Cómo sab…?
- ¡Qué quieres que te diga! Se nota. Pero, en fin, en algo hay que creer, no sé es propio del ser humano, nos ayuda a entender cosas, nos guía, nos da calma, es práctico.
- ¡Es práctico! Menudo religioso estás hecho. No des más argumentos que estás pisoteando el Catolicismo.
- ¡Eh, que yo no he dicho que sea Católico! Simplemente imagino que existe algo por encima de nosotros mismos, mejor que nosotros, que da sentido a la vida y a la muerte, me da igual cómo lo llames, me vale cualquier religión; es más, pienso que la religión es un invento del hombre, o si fue de Dios la cagó dejando que nosotros la administrásemos. Lo que hemos conseguido es pervertirla, utilizarla en beneficio de unos pocos y como manipulación de otros muchos.
- ¡Ya! Tú eres de esos que odia a la iglesia pero acude a sus creencias o supersticiones cuando está desesperado, ante una enfermedad, cuando teme por su trabajo o… a la muerte.
- No, cuando estoy follando.
- Pe, pero. Pero tú…
- Sí, sí. Es que me parece algo tan cojonudamente bueno que pienso que es obra divina, o del Diablo, que en el fondo es también religión, no sé.
- ¿Y si te masturbas también piensas en dios?
- ¡Qué gracioso!
- Bueno, es sexo, tendrá alguna relación.
- Pues no listo, además, cuando me masturbo siempre fantaseo con tu hermana Pili.
- ¡Cómo te pasas!
- ¡Es que está muy buena!
- No te entiendo. No sé si me hablas en serio o me estás vacilando. Estás tan “colgao” que me pones nervioso.
- Y ¿Para qué me preguntas entonces?
- Mea culpa, mea culpa.

Jandro Güell.