1 de octubre de 2012

6 velas


Todo empezó una calurosa noche de verano. Era el mes de Agosto, y en una de las salas del paritorio del Hospital Civil de Málaga, hacían esperar a una primeriza que se quejaba en vano ante las esquivas miradas de enfermeras y matronas.

Con dicho marco llegó a este mundo un pequeño, cuando sólo faltaba al rededor de media hora para la media noche que daría paso al vigésimo tercer día del mencionado mes. El recién llegado, que a penas era capaz de distinguir sombras en medio de una luz cegadora, llegaba desprovisto de toda arma o virtud para enfrentarse al mundo que ahora parecía envolverlo. No entendía por qué apareció allí ni cual era su misión, su meta, su destino.

El día que cumplió seis años no fue distinto de cualquier otro aniversario; estaban los primos, los tíos, los abuelos y creo que algún vecino. Hacía poco más de un mes que dejó de ser el protagonista de la casa, puesto que apareció el segundo de los hermanos, con ganas de guerra y sin intención de renunciar a su parcela de atenciones, cariño y servidumbre que todo hijo inflinge a sus progenitores.

Tomó aire hasta que los pulmones no pudieron más y sopló las seis velitas que coronaban la tarta. Deseó algo inalcanzable, y sonrió mirando fijamente los dibujos que describía el humo que todavía emanaba de los minúsculos cirios; ajeno por completo a que, a partir de ese año y también unos meses antes, el mundo había sufrido una transformación hacia una escala superior en calidad: Apareció, desprovista de toda arma o virtud para enfrentarse al mundo, una niña que, sin ningún motivo apreciable, estaba hecha de las piezas de un rompecabezas tan complejo que ninguna mente humana podría siquiera inventar, pero que encajaba perfectamente con aquel chiquillo que ahora miraba los regalos con avaricia sin saber que el mejor de ellos se lo estaban guardando y mimando a varios kilómetros de su habitación.





Jandro Güell.

29 de septiembre de 2012

Esoterismo



Dame la mano mientras paseamos; para que, aunque sea sólo durante este trayecto, la línea de mi vida vaya unida a la tuya. Cuando lleguemos a aquella esquina, si quieres, me sueltas.



Jandro Güell.

12 de julio de 2012

Percepción.


-¿Por qué hemos quedado en la estación? No nos viene bien a ninguno de los dos.


-Siempre me parecieron lugares especiales, con cierto encanto. Espacios cambiantes. Lugares de paso, donde nada permanece.  En ocasiones triste y en otras alegre. Encuentras gente que espera gente, que se buscan en cada vagón. Una estación puede ser el primer beso de un reencuentro o la última frontera de una despedida. Incluso me parece una leve crueldad la lentitud con la que se desplaza el tren en su partida, prolongando la agonía de ver cómo vas dejando algo de ti mismo atrás, pausada, irremediablemente.


-Hay mucho indigente, ¿no? Huele raro. Es extraño, da un poco de miedo ver casi vacío  un sitio concebido para albergar a cientos de personas. No sé si tiemblo por eso o por frío, con tanto espacio abierto hay mucha corriente de aire.


-A lo mejor no ha sido una gran idea. ¿Nos vamos?

Jandro Güell.

3 de julio de 2012

Cuestión de tiempo, dicen.


Dicen que el tiempo todo lo cura. Conmigo lo consiguió en dos ocasiones, aunque sólo fueron una fracción de segundo comparado con lo que quiera que dure mi futuro inmediato. Has sido lo mejor de mi vida a todos los niveles, por eso necesito que me perdones, yo no podré hacerlo. Perdí a propósito lo más puro que he sentido, que me han ofrecido, lo más puro que he sido nunca. Pero me consuelo pensando que no sacrificaremos nuestro recuerdo del otro, sé que siempre podré cruzarme contigo, mirarte a la cara, que me devuelvas la mirada y sonreír… Cuando el tiempo me cure.


Jandro Güell.

20 de junio de 2012

No tocar...


Aquel hombre de chaqueta oscura iba pensando que algunas veces no distinguía si era una persona complicada , o simplemente imbécil. Cuando entró en el domicilio le sorprendió el estado de perfecto orden que imperaba en cada una de las habitaciones. Todo estaba impoluto y ordenado, cada mueble, fotografía o cojín estaban colocados como notas musicales de una partitura, creando una composición luminosa y fresca. Sin embargo toda aquella armonía carecía de temperamento, de personalidad, como si se hubiese pensado para no ser habitada. Muerta.

En el centro del salón, en una mesita auxiliar adornada con un halo de luz, tímido y delgado pero brillante, dormían dos objetos: una nota en la que leyó:

Dejo en esta caja lo que ya no necesito. Lo he llevado conmigo toda la vida, no es grande ni muy fuerte pero ha luchado con dragones y navegado en tormentas siendo sólo un cascarón de nuez. Lo he compartido muchas veces en mayor o menor medida, sólo una lo entregué por entero, y a la persona adecuada. Supe a qué sabe el sentirte completo. Conseguí aquello tan difícil que todos anhelamos y lo dejé pasar. Si errar es humano fui todo lo humano que puedo pretender. Era suyo por derecho, por lo que ahora no se lo puedo entregar a nadie, era suyo antes incluso de que empezara a ponerme nervioso su compañía, y ahora que ella no lo quiere a mí me sobra. Es como cuando haces un regalo perfecto y te lo devuelven porque ya tienen algo parecido, ya no sabes donde colocarlo. Ahora me miento con la posibilidad de ejercer de nuevo como "humano" y tropezar con la misma piedra, mientras tanto quedo vacío casi por voluntad propia. Dejo en esta mesa lo mejor de mí mismo, cuídalo. Quien quiera que seas.

 El otro objeto: una cajita no demasiado pequeña, de color verde claro, como la carne de un aguacate. Sobre la tapa de la caja rezaba una frase que advertía “no tocar, que duele”. No se atrevió a abrirla.


Jandro Güell.

18 de mayo de 2012

Arañando el parquet



Somos creadores de Arte. Considero esta capacidad una de las más importantes del ser Humano y que nos salva de ser… otra cosa. Hay quien dice que es la prueba evidente de la existencia de nuestra propia alma; lo que me hace pensar, en esta línea, que las personas a las que se les ha negado el don de crear o apreciar el arte, en cualquiera de sus formas, se les podría tachar de Desalmados, o mejor dicho “Inalmados”, ya que el primer término implica haberla tenido en algún momento. Tampoco me importa porque no lo comparto.

En todo caso, lo que me ha arrojado en esta hora al teclado ha sido una idea que germinó en mi cabeza a raíz de una película. Concretamente, la secuencia hacía que el espectador se convirtiera, por un momento, en espía de lujo de unos pies enfundados en negros zapatos de negro tacón, con los que una mujer dibujaba, en el parquet de una habitación casi vacía, un baile que, de tan íntimo, ejercía sola.

El baile, una de las expresiones artísticas que más me conmueven. Y concretamente los que se practican en pareja. Es una conversación. Y sin duda, de éstos, el que ahora me coloca las manos en los ojos, susurrándome al oído “¿Quién soy?”, se ha delatado, pues huele a mate y a rosa sin espinas sujetada por una boca bermellón. El tango.

Movimientos que son latigazos de carácter, ramalazos de vida; que es tierno y agresivo; que hacen a la mujer femenina y al hombre varón. La antigua batalla convertida en dialéctica, eterna guerra entre los géneros con el amor de frontera y el fondo pintado de pasión oscura. Una historia contada en pocos minutos. Movimientos plásticos, en ocasiones acrobáticos. Brazos que se sujetan, piernas que se enredan, caderas que se retuercen, cabezas que se giran, te giran; y todo realizado al unísono de forma acompasada, transformando la música en gesto, la violencia en cadencia.

Creo que sería incapaz de bailarlo. No pienso que se limite al aprendizaje de una coreografía seca de sentimiento. Hay que ponerle Alma. Y la mía me mira desde la puerta mientras dibuja con la mano en el aire una despedida.


Jandro Güell.